Las penas se esfuman ante una oración bien hecha

Comentario del Evangelio por
San Juan María Vianney (1786-1859), presbítero, párroco de Ars
Catecismo sobre la oración

«Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa»

Fijaos bien, hijos míos: el tesoro de un cristiano no está en la tierra, está en el cielo (Mt 6,20). Pues bien, nuestro pensamiento debe estar allí donde está nuestro tesoro. El hombre tiene una muy bella función, la de orar y la de amar. Oráis, amáis: esta es la dicha del hombre sobre la tierra.

La oración no es otra cosa sino la unión con Dios. Cuando tenemos el corazón puro y unido a Dios, sentimos en nosotros como un bálsamo, una dulzura que embriaga, una luz que encandila. En esta unión íntima, Dios y el alma son como dos pedazos de cera que se funden juntos; ya nadie puede separarlos. Es una cosa muy bella esta unión de Dios con su pequeña criatura. Es una dicha que no se puede comprender. Merecimos no poder orar, pero Dios, en su gran bondad, nos ha permitido poder hablar con él. Nuestra oración es un incienso que él recibe con sumo placer.

Hijos míos, tenéis un corazón pequeño, pero la oración lo ensancha y lo vuelve capaz de amar a Dios. La oración es pregustar el cielo, algo que destila del paraíso. Jamás nos deja sin dulzura. Es una miel que baja hasta el alma y lo dulcifica todo. Las penas se esfuman ante una oración bien hecha, tal como la nieve ante el sol.